MOISÉS VILLE, LOS GAUCHOS JUDÍOS Y UNO DE LOS RELATOS MÁS DUROS DE LA INMIGRACIÓN EN SANTA FE

A finales del siglo XIX más de 800 judíos ortodoxos que escapaban de las persecuciones del zar quedaron varados en una estación de trenes en construcción, abandonados al hambre y las epidemias. Su historia y legado es el eje de un circuito de turismo histórico y religioso en Santa Fe.

POR GASTÓN NEFFEN

Es una crónica de persecuciones, abandono, crímenes, esfuerzo, coraje y solidaridad. Y la cuentan bien en Moisés Ville, un pueblo santafesino de 2.600 habitantes que fue la tierra prometida para dos corrientes de inmigración judías: los que escaparon de los pogromos y las crueles restricciones del zar Alejandro III en 1889 y los que huyeron del odio y la máquina de muerte de la Alemania nazi. Hoy es el eje de un circuito de turismo histórico, religioso, arquitectónico y gastronómico que también recorre Palacios, Monigotes, Las Palmeras, Ceres y Montefiore en el noroeste de Santa Fe.

Los inmigrantes judíos embarcaron en el vapor Weser en el puerto de Bremen en Alemania y tardaron un mes y medio en llegar a Buenos Aires.

En la Villa de Moisés –Moisés Ville es la traducción francesa del primer nombre hebreo Kiriat Moshe-, las cinco salas del Museo Histórico Comunal Rabino Goldman documentan la crónica de los “gauchos judíos” que llegaron a la Argentina en agosto de 1889. En Rusia habían quedado atrapados en la espiral de violencia que siguió al asesinato del zar Alejandro II y fueron el blanco de violentos pogromos -linchamientos de odio repentinos y masivos- y una legislación antisemita que clausuró todo horizonte.

“No podían trabajar la tierra y tampoco estudiar, pero lo peor era un servicio militar obligatorio que comenzaba cuando los chicos tenían 8 años y se extendía por 25 años. Yo creo que eso fue lo que más los decidió a emigrar”, explica Hilda Zamory, coordinadora del museo, en una entrevista con AIRE.

ilda Zamory, coordinadora del museo, cuenta que en el proceso para formalizar la propiedad de la tierra los ayudó el barón Hirsch, un filántropo que también fue clave en las colonias judías de Entre Ríos.

Los 824 judíos ortodoxos llegaron amontonados en vagones de carga a la estación de trenes de Palacios, que estaba en construcción en 1889 y ahora está en ruinas. Cuando bajaron del tren, se encontraron en un áspero desierto verde, con islas de monte y repleto de tacurúes (enormes hormigueros). No había nadie que los guiará a los campos que les había prometido Pedro Palacios en Buenos Aires y que estaban a 16 kilómetros, en lo que iba a ser Moisés Ville.

Los terrenos que rodean a la estación, en los que la gente de Palacios hoy hace gimnasia y juega a las bochas bajo los eucaliptos, fueron el escenario de una lenta tragedia: los judíos quedaron varados durante casi dos meses. Nadie los entendía porque hablaban idish, no tenían comida y se refugiaron como pudieron en los galpones que se estaban construyendo.

“Murieron más de 60 chicos por el hambre y las epidemias, suponemos que se enfermaron de tifus y fiebre amarilla. Los cuerpos los guardaron en cajones de bulones y en latas de kerosene para poder sepultarlos en un cementerio judío”, recuerda Zamory en la primera sala del museo, que se llama Orígenes. Detrás suyo están los nombres de los 824 judíos que viajaron un mes y medio en el vapor Weser, desde el puerto de Bremen en Alemania a Buenos Aires, siguieron en tren hasta Palacios y enfrentaron la incertidumbre y el desamparo en los campos santafesinos.

Los salvó Guillermo Loewenthal, un médico austríaco que había contratado el gobierno argentino para buscar lugares en los que se pudieran asentar los inmigrantes europeos. Cuando pasó por la estación de Palacios escuchó que los chicos pedían pan en idish y los entendió por las similitudes con el alemán.

En una de esas encrucijadas que cambian vidas, Loewenthal no siguió de largo: le pidió ayuda al Gobierno de Santa Fe, al Ministerio de Relaciones Exteriores y lo buscó a Palacios para que cumpliera el contrato con los colonos judíos.

El terrateniente mandó a un administrador que llevó a las 50 familias que quedaban –muchas se habían dispersado buscando comida y trabajo- a lo que hoy es Moisés Ville. Arrancaron en rústicos ranchos de paja. “A no quejarse porque somos libres”, aseguran que dijo el rabino Aarón Halevy Goldman. En el proceso para formalizar la propiedad de la tierra los ayudó el barón Moritz von Hirsch, el filántropo alemán que estaba detrás de la Asociación Colonizadora Judía.

En las crónicas de los primeros años, hay relatos de sangre y también de solidaridad. En una de las paredes del museo está el viejo yugo de madera que usó la familia Cuniglio -inmigrantes italianos- para marcar el surco que orientaba a los colonos judíos para que no se perdieran yendo a Palacios o al fuerte de Sunchales a buscar provisiones.

Los relatos de sangre se pueden leer en profundidad en “Los crímenes de Moisés Ville”, el libro de Javier Sinay que reconstruye los 22 asesinatos que se cometieron entre 1889 y principios del siglo XX. Uno de los más brutales, es el cuádruple homicidio de los Waisman. Los gauchos criollos degollaron al matrimonio y a dos de sus hijos. Los enterraron a los cuatro juntos en la “tumba larga”, que es una parada obligada en el cementerio israelita que está a las afueras de Moisés Ville.

LA PIEDRA, QUEDA

En el cementerio, encima de las 2.500 tumbas, hay muchas más piedras que flores. “La piedra queda, la flor se marchita”, recita Judit Blumenthal, presidenta de la Comunidad Mutual Israelita de Moisés Ville, que lo recorre junto a AIRE.

En el medio del campo, el cementerio tiene una bella simetría que surge de un imperativo religioso: todas las tumbas deben estar orientadas hacia el este, en dirección a Jerusalén.

Entre los árboles hay un monolito que termina con una estrella de David -pintada de negro- que recuerda a los 60 chicos que murieron en la estación de Palacios en 1889, pero muy cerca hay siete tumbas pequeñas –probablemente de niños-, cuyos restos todavía no han sido identificados.

También hay tumbas de personas que fallecieron hace unos meses de covid y que aún no están cubiertas de mármol. “En la religión judía, los entierros son en tierra y no hay cremación. Del polvo venimos y al polvo vamos”, aclara Blumenthal. Las tumbas más recientes sólo están cubiertas por una loma de tierra, luego se hace un prolijo rectángulo que se ordena como un solemne jardín y al final llega la lápida de mármol.

UN PUEBLO MODELO

Moisés Ville tiene 2.600 habitantes pero superó los 5.000 en la década del 40’, cuando se sumaron los judíos que huyeron del holocausto nazi en Alemania y Polonia. Todavía quedan tres personas de esa corriente inmigratoria: Max Zamory (93 años), Dorothea Zamory (95 años) y Elgha Friztler (91 años). En una de las vitrinas del museo, están los documentos de estos inmigrantes sellados por los burócratas del Tercer Reich, los administradores de la banalidad del mal de Hannah Arendt.

De los los gauchos judíos que escaparon del odio y el racismo surgió un pueblo modelo, con escuelas, fábricas (de juguetes, caramelos, veladores, pan ácimo y lácteos), cuatro sinagogas (Brener, Barón Hirsch, Obrera y la de los lituanos) y un teatro que es el orgullo de Moisés Ville.

En Moisés Ville hoy viven unas 2.600 personas pero en la década del 40′ estiman que había más de 5.000 habitantes.

Se llama Kadima –adelante, en hebreo-, y lo inauguró en 1929 la soprano Rita Kitena, de la ópera de Moscú. “La compañías teatrales que hacían obras en idish, primero las estrenaban en Moisés Ville y luego las llevaban a los teatros de Buenos Aires”, asegura Blumenthal. En los estantes de la biblioteca del teatro hay cientos de libros de historia, geografía, religión y también obras teatrales escritas en idish, hebreo, ruso y español.

La fachada del teatro Kadima, que quiere decir adelante en hebreo.

El teatro está impecable porque lo restauraron preservando las butacas originales, los pisos de pinotea y los ojos de buey de las paredes. En marzo, Miguel Lifschitz -que firmó el decreto adjudicando los fondos cuando era gobernador- encabezó el corte de cintas de la reinauguración, con la mitad de la cara tapada por un barbijo blanco.

La sinagoga Brener, que es Monumento Histórico Nacional y se restauró en el 2012, es otro punto alto del circuito turístico. Se ingresa por el patio, porque la puerta debe estar orientada hacia Jerusalén, y dentro sorprende una araña del antiguo Teatro Colón de Buenos Aires, que donaron en la década del 30.

El tabernáculo, que guarda la Torá -los cinco primeros libros bíblicos-, es una joya que talló a cuchillo un artesano en 1909. En los tiempos de ortodoxia estricta, los hombres se quedaban en la planta baja y las mujeres subían por una escalera externa al piso de arriba.

UN NUEVO ÉXODO

En su época de oro, en Moisés Ville incluso hubo un diario, “El Alba”, que se editó entre 1921 y 1942, pero en los últimos 50 años la población judía comenzó a menguar y ahora estiman que sólo un 7% de los habitantes son judíos.

En la actualidad, el 7% de la población de Moisés Ville tiene raíces judías. Uno de los rollos de la Torá.

Para Zamory detrás de esta tendencia hay dos causas. “Acá se dice que los judíos sembraban trigo y cosechaban médicos. Los hijos de los colonos se fueron a las grandes ciudades a estudiar, para ellos la educación y la cultura siempre fue muy importante”, insiste.

Después de la Segunda Guerra Mundial y la fundación del Estado de Israel, también hubo gente de Moisés Ville que emigró a los kibutz, las comunas agrícolas que son un ejemplo de cooperativismo y alta tecnología de riego porque producen alimentos con notable eficiencia en el medio del desierto.

El pueblo cambió, pero está lejos de ser un pueblo fantasma, y conserva un legado que es importante para el pueblo judío y para todos los santafesinos.

https://www.airedesantafe.com.ar/santa-fe/moises-ville-los-gauchos-judios-y-uno-los-relatos-mas-duros-la-inmigracion-santa-fe-n216997

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